Nosotras Sin Alas

He decidido vengarme de todos los fantasmas. De su negligencia, de su ignorancia, de su mirada corta, y de sus mitos heredados. De todos los que nos quieren hacer creer que nada es más cruel que la naturaleza femenina.

Como todos los meses en el vientre femenino las lluvias han comenzado, anunciando la llegada de nuestro personalizado invierno emocional.

El sol se oculta, se nos va el brillo de los ojos, las flores se marchitan, los pájaros dejan de cantar, comienzan a madurar múltiples folículos, uno de los folículos se rompe y sale el óvulo que se coloca en la trompa, el ovario segrega estrógeno y progesterona, el endometrio aumenta su grosor, disminuye la producción de progestágenos, cadáveres de animales son arrastrados por las aguas, y un dragón rojo vomita: llegaron los días de la menstruación.

Nuestra vida se pone en pausa. Han demorado unos cuantos siglos, pero finalmente nos han vendido la idea que durante una semana de todos los meses no podemos meternos a la piscina, ni correr, ni darnos medias luna, ni usar pantalones ceñidos, ni saltar las olas del mar, ni montar bicicleta. Guardaditas y señoriales, nos cubrimos bajo un elegante velo para apartarnos de actividades comunes y mundanas... ¡Ah! porque me olvidaba, tampoco podemos coger. Si alguien pregunta que porque dejamos de hacer una u otra cosa, responderemos con la mentira que hemos comprado: "Es que estamos enfermas".

Nos han convencido que sufrimos una enfermedad incurable, y que todos deben ser precavidos porque pueden ser salpicados. Nos venden doce toallas sanitarias con un slogan donde prometen seguridad confianza, y sobre todo ultra invisibilidad. Que nadie nos apunte con el dedo, que nadie nos señale, que nadie nos recuerde del trauma de la escuela cuando el compañero de clase nos abrió la mochila y saco nuestra toalla higiénica para mostrársela a todo 6to B. Pero sobre todo que nadie se entere nunca bajo ninguna circunstancia que san-gra-mos.

Para esto debemos comprar todo aquello que encubra nuestra bochornosa situación biológica. No sorprende entonces, que debamos llenarnos de candados de seguridad, para ocultar este lado "asqueroso" de nosotras. Comprar todo lo que esté al alcance que nos devuelva la frescura y seguridad que la menstruación nos quita.

Los cólicos pre-menstruales convierten a las sensuales princesas de cuentos de hadas en insoportables brujas. Un millonario negocio se levanta para matar el horrible olor que emanamos en esos días (¡un desodorante que haga que mi sangre huela a limones con jazmín por favor!) ¿Queremos proyectar una imagen libre y fresca? Para eso nos debemos introducir un pedazo seco de algodón duro, prensado en forma cilíndrica en la entrada de la vagina. Y así el proceso biológico que mejor nos habla de feminidad, identidad y espiritualidad en algún punto se convirtió en un temible cuento de horror. Poco espacio hay en los medios de comunicación para las toallas higiénicas de algodón o para la copa menstrual.

No se trata de victimizarnos porque eso sería caer en el mismo círculo vicioso del que desesperadamente queremos huir, pero existe una mega estructura de concepciones equívocas que ha causado gran malestar y eso es innegable. Sobre nosotras han caído los tabús y uno de los mayores promotores de esta confusión en la que la mayoría nos vemos sumergidas ha sido la religión. La primitiva ideología de un libro sagrado caduco nos sorprenden in fraganti: Antiguo testamento (Levítico 15:19-30) "Cuando una mujer tenga flujo, si el flujo en su cuerpo es sangre, ella permanecerá en su impureza menstrual por siete días; y cualquiera que la toque quedará inmundo hasta el atardecer. y si un hombre se acuesta con ella y su impureza menstrual lo mancha, quedará inmundo por siete días, y toda cama sobre la que él se acueste quedará inmunda." Hablando en representación de todas las "inmundas" del mundo debo decir que nada me gustaría más que saber cómo van a explicar este versículo a su respectivo Dios. Una apocalíptica puteada celestial les espera, supongo.

En todo este panorama las únicas inmundas son las religiones que nos atragantan con sinsabores y mentiras sobre nuestra sexualidad. Los equivocados son los novios que nos apartan en los días rojos porque el periodo es "mata pasiones" y las mismas mujeres que fortalecen los prejuicios en torno a la menstruación, rodeándose de limitaciones absurdas e injustificadas durante estos días.

Las sucias son las empresas que nos venden pastillas para aplazar el ciclo, y los comerciales con slogans donde nos quieren devolver algo que la menstruación NO nos quita: la belleza, y la confianza.

Inmundos los que ignoran el proceso de comunión por el que atravesamos. Inmundos ellos.

La menstruación es mucho más que una simple manifestación física. En general cuando un ser viviente sangra es señal de muerte y decaimiento, pero contrario a toda lógica nuestra sangre es el puntual recordatorio de que seguimos vivas y el aviso de que nuestro cuerpo se prepara para la posibilidad de que un ser humano habite en nuestro vientre.

La sangre menstrual es símbolo de existencia y hacer las paces con ella y con su significado es resurgir de la ignorancia generalizada, de prejuicios y creencias anacrónicas sobre "los días rojos". Es urgente sacudirse de los estigmas que nos niegan una condición natural, sana y maravillosa. Habrá que vengar a todos los fantasmas, celebrar que somos cíclicas y recordar nuestra condición humana. Habrá que reconciliarnos con nosotras mismas.

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Sobre la Autora

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Andrea Costales

Quiteña de 28 años, estudió en la Universidad San Francisco de Quito la carrera de Ciencias Políticas y se ha especializado en temas de género, y emprendimiento.
Desde los 16 años ha estado involucrada en proyectos de carácter social; es fundadora de WARMI, empresa que diseña y produce diversos productos con una comunidad de mujeres en las afueras de Quito.
Andrea también da servicio de consultoría a aquellas mujeres que quieren crear un negocio propio que esté alineado con su misión de vida.
Ha sido colaboradora de diversos medios de comunicación como: Revista SOHO y Gkillcity.