Deja la culpa a un lado y disfruta la comida

Imagina lo siguiente: estás de vacaciones en una playa casi desolada. Son las 2 de la tarde y te mueres de hambre. Te diriges a una covacha donde venden comida y te sientas en una mesa, desde la que puedes apreciar el cielo despejado; las olas del mar rompiendo una y otra vez, la bruma salina que deja un olor que se pega con el viento y el sol que, a esta hora pega sobre tu cuerpo, y te calienta. Un señor te trae un ceviche y el primer olor que llega a ti es el del cilantro. Inmediatamente detectas el limón: huele tan fresco que quieres devorar el ceviche. Con la cuchara, recoges un poco del jugo, que es de un tono blancuzco y lleva hilos del cilantro, viene acompañado por cuadraditos de corvina, cebollas y tomate cortado en cuadraditos. Te metes a la boca y sientes un sabor dulce muy sutil, que probablemente salió de una naranja o de un tomate. Empiezas a morder los trozos de pescado, saben a limón y a todos los ingredientes que ves, y tienes esa textura jugosa pero fresca, típica de cuando se ha maridado por un tiempo suficiente como para “cocinarse”. Antes de tragar, te metes un puñado de chifles a la boca porque para ti, lo más glorioso en la tierra, es mezclar esa textura del pescado con lo crocante de los chifles. Y ahí si tragas. Ves el paisaje y afirmas que estás en el paraíso.

Si la comida, en lugar de ser ese ceviche frente a la playa, fuera unas pastillas sin sabor que mantendrían a los seres humanos vivos, ¿disfrutaríamos de esta? Probablemente, no. Comer es un placer. No solo porque disfrutamos de saborear un alimento sino porque casi siempre es un momento de compartir con la gente que convivimos. Por eso determina momentos de nuestro día y de la vida. Cuando viajamos, aprovechamos de uno de los placeres más grandes que es probar platos y sabores nuevos, los fines de semana nos reunimos a almorzar y organizamos cenas para festejar cualquier suceso extraordinario que nos ocurra.

Pero no todo el mundo siente placer al comer. Comer en exceso o comer alimentos no saludables hacen sentir culpa a muchas personas. La culpa está al otro lado del placer. “Es una emoción que se siente cuando uno rompe o cree haber roto alguna norma. Puede ser una regla o norma social, religiosa o personal”, explica la psicóloga Claudia Faini. Si nuestra norma es estar a dieta, romperla genera una culpa que crea una mala relación con la comida, porque empezamos a asociar esa comida con nuestra inhabilidad para mantener la norma auto impuesta.  

La culpa

La culpa

El problema es que mucha gente cuando hace dieta, tacha a la comida como buena o mala. Hay alimentos que son poco saludables, o que no aportan nutrientes, pero no son “malos”. Si rompemos una dieta, comiendo uno de esos alimentos y sentimos culpa, enviamos un mensaje al cuerpo de que hemos fracasado, de que somos incapaces de conseguir un objetivo -como bajar de peso, seguir en la dieta, comer más saludable- y que eso nos convierte en peores personas.

Los antojos tienen una razón de ser que es totalmente química dentro del cuerpo. Se define por el momento del mes en el que estamos (porque la subida y bajada de estrógenos y progesterona cambia nuestro apetito y nuestro deseo de azúcar, grasa o vegetales), por cómo hemos dormido o por la situación emocional por la que estamos pasando. Si nos da unas ganas de un brownie, debemos respetar ese antojo (y en tal caso, solucionar el origen del antojo) porque puede que sea el resultado de un proceso químico o simplemente un deseo innato de sentir el placer que nos produce comer un dulce. Pero la culpa ni nos va a hacer continuar en la dieta ni nos hará sentir mejor. Incluso, bajará nuestra autoestima.

Debemos respetar nuestros antojos.

Debemos respetar nuestros antojos.

Las dietas no funcionan porque le someten al cerebro a una sensación de escasez, frustración, culpabilidad y confusión. Por eso lo ideal es comer equilibradamente. Si realmente queremos comer saludable, solamente debemos tener determinación y hacerlo. Pero si un día, por cualquier motivo, no lo conseguimos, no podemos sentir culpa porque ni somos personas perfectas que controlan todos sus antojos, ni una comida nos va a hacer tanto daño como para arruinar nuestros planes.   

La clave está en comer equilibradamente.

La clave está en comer equilibradamente.

Muchísimas personas viven con el concepto de que, si ya comieron mal una vez, ya se arruinó el día o la semana así que van a comer pésimo el resto del tiempo y volverán a empezar la dieta el lunes. La realidad es que basta una comida para empezar a sentirse bien. Y que comer mal (excederse con un postre, por ejemplo) una vez no representa que somos débiles ni que es momento de terminar con nuestros planes. El éxito de mantener una rutina de alimentación saludable está precisamente en no culparse, ni sentirse mal por esos “errores”. Comer es un placer, independientemente de lo que se come. Se disfruta igual de un postre que de una ensalada, así que hay que empoderarse de las decisiones que uno toma y no culparse por ellas. Solo así sabremos que la salud es una decisión que se toma en cada comida y cada actividad que hacemos día tras día.

 

SOBRE LA AUTORA

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Julia Escudero

Periodista, video-reportera y Health Coach. Interesada en sanar la relación con el cuerpo a través de la alimentación y un estilo de vida saludable.

Instagram: @sunlight.food